¿Por qué tengo miedo?, ¿a caso, siempre tiene que irme mal en la vida?, ¿ por qué todo me va siempre mal?, ¿a caso no soy capaz de afrontar retos?, ¿será mejor quedarse y dejar que las cosas sucedan a espaldas de mi?. Estas son preguntas que generalmente nos acosan, usualmente, sentimos que la vida puede estar siguiendo un rombo equivocado; o por el contrario, a veces advertimos que existen pistas que nos ayudan a entender que siempre existe un propósito. Muchas personas, frecuentemente suelen quejarse de enfermedades, malestares, dolores crónicos, y stress; y paralelamente, recibimos mensajes publicitarios sobre recetas a dolores inexplicables, y remedios para todo tipo de quejas; además, de programas televisivos que hondan sobre males crónicos, inexplicables, o asombrosos tumores, y canceres devastadores. Nunca antes el dolor y la enfermedad estuvieron tan presentes entre nuestras vidas. Pero, hay que advertir que siempre usamos ante la imagen del dolor, palabras como: atacar, batallar, combatir, etc.
La Medicina occidental, ha tendido siempre a resolver los problemas de salud, “atacando”, o “combatiendo” desde “afuera” con píldoras o ampollas, y muchas veces, no dan explicaciones al respecto de las razones que originan dolores, y ciertos males. Por el contrario, la medicina no occidental, como la tradición Hindú, china, y andina, han visto en la “enfermedad” como una irrupción del equilibrio, y por lo tanto, la respuesta, no es “combatir” o batalla, sino restablecer el equilibrio de la energía vital, o soltar las barreras que hacen que las energía fluya en el cuerpo. Esta energía vital es llamada Chi, Qi en la tradición oriental, los griegos lo llamaban Neuma, los antiguos Hindúes Prana, o en el mundo andino, llamado kawsay.
El mundo que nos rodeo fluye de energía, la naturaleza, los cerros, el agua, el viento, los océanos, los ríos, los animales, y pro su puesto, nosotros los seres humanos. Todo lo que comemos y respiramos se convierte en energía. Así, es como lo entendió nuestra tradición andina-chamánicas, por lo tanto, la intervención de los chamanes permite rehabilitar el flujo de la energía, no solo de la naturaleza (a partir de sus hierbas, baños de florecimientos, o minerales), sino de las fuerzas que están fuera de nuestras individuales y que está constituida por la energía que las colectividades producen. Eso que los científicos prueban en sus laboratorios como un asombroso descubrimiento, los chamanes de muchas regiones lo concebían como parte de sus ritos y practicas ancestrales.
Eso que llamamos “enfermedades”, tumores, o síndromes (p.ej. síndrome de ovario poli quístico, muy común entre mujeres de 25 años), tienen una relación con todo aquello que nos pasa a nivel consciente o inconsciente, pero en resumen, todo lo que nos pasó en nuestra niñez y cargamos como resentimientos o eventos traumáticos suelen ser decisivos en dolores crónicos, y demás. Lo que buscamos aquí, es tratar de juntar la tradición de la medicina intuitiva y las bases del chamanismo andino y de otras latitudes. Eso supone, que el Chaman juegue un rol muy complejo, pues no solo es un operador mágico y un hacedor de rituales y amuletos; es también, un rehabilitador de la energía con el propicito de restable el equilibrio de la persona, ecualizando los diferentes cuerpos: astrales, físicos, psíquicos, etc., pero sobre todo, juega un rol especial, pues es también un terapeuta (terapia en griego es curar) de los dilemas existencias, o los dilemas del yo, es un amigo, escucha, aconseja, y reacciona de manera propositiva ante las preguntas del primer párrafo. Hoy un chaman más allá de extraer cuerpos extraños, biliosos, sanguinolentos para demostrar al paciente que le ha extraído el daño; escucha e interroga a la energía, para saber y prevenir severos problemas en el cuerpo, cáncer, tumores, infartos, etc. Esto último es lo que queremos señalar más adelante.
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